jueves, 6 de agosto de 2015

Sentido del blog

Hace tres años redacté recuerdos de mi experiencia docente por si pueden hacer sonreir o ayudar a algún compañero o antiguo alumno. Son los que vienen en los siguientes capítulos. Especialmente están centrados en el colegio Tajamar donde fui profesor 20 años. Pensaba que iba a cambiar de rumpo profesional, pero no ha sido así. Desde hace dos años doy clase en el colegio Alborada de Alcalá de Henares: un centro docente muy joven, con mucha ilusión y con una estupenda participación de las familias en un gran proyecto educativo. Espero, si Dios quiere, escribir algo en un futuro de esta nueva aventura.


José Ignacio Moreno Iturralde

I. Una carrera mortal



En 1985 preparaba una oposición a cátedra de instituto, pero en febrero de ese año se anuló aquel cuerpo y busqué trabajo. Me ofrecieron un puesto de profesor de Historia en un colegio de las afueras de Madrid. Hice una entrevista y me contrataron. Pedro, el profesor titular, se tenía que ir  a cumplir el servicio militar. Recuerdo que me sentía contento y di gracias a Dios por encontrar mi primer empleo.

         Al día siguiente, sin anestesia, impartí seis horas de clase a chavales de quince y dieciséis años. Solo recuerdo que en la última hora me encontraba como un boxeador agotado, en  espera de que la campana le salve. Hice una pregunta sobre el siglo XVI español y un alumno respondió una insensatez. Entonces dije: -¡Si Felipe II levantara la cabeza! A lo que el chaval respondió: -“Pues si Felipe II levantara la cabeza, se pegaría una leche contra la losa y se volvería a caer”- Ante tal argumento me sentí como si la losa me hubiera caído a mí. Lo bueno fue que lo reconocí; aquel chaval me había ganado.
        
Comencé, a mitad de curso, con varios grupos y no tenía ni idea de dar clase, como pronto se verá, pero no faltaban las ganas. Entre los hitos pedagógicos de aquel año destacó un determinado suceso: Con un curso me llevaba bastante bien. Por aquel entonces yo tenía buena preparación física; me había gustado correr desde hacía años. Se me ocurrió la peregrina idea de jugarme un aprobado general con aquella clase a una carrera con el más rápido que eligieran entre sus filas. Lógicamente la propuesta causó sensación. Al día siguiente, sin conocimiento de ninguna autoridad del colegio, abordamos el reto. Alberto era el alumno elegido. Toda su clase le coreaba. La carrera se acordó en dos vueltas al campo de fútbol.-¡Mira qué patas tiene el profe!, comentó alguien. Yo estaba completamente convencido de que cuando quisiera cambiar de ritmo iba a barrer a mi joven contrincante. Empezó la carrera y dejé que el chico tomara unos metros de ventaja. Salí a por él. Alberto no corría mal. Así anduvimos la primera vuelta y él mantuvo la ventaja, graciosamente otorgada. En aquel momento me dije...¡Cambio de ritmo! Aceleré todo lo que pude. Sin embargo, observé con horror que el muchacho también aceleraba y que apenas conseguía arañarle centímetros de distancia. Eché toda la gasolina que llevaba dentro y, medio muerto, vi como Alberto llegaba victorioso, entre el estruendo de sus compañeros. Hubiera sido lógico que ante aquel ridículo tan monumental se hubieran reído de mí sin piedad. Me sorprende ahora recordar que los chicos me dieron ciertos ánimos. No tenía más remedio que aceptar la derrota; y así lo hice. Había  perdido y de qué manera. Al día siguiente les comenté que aprobarían todos pero que lógicamente había que estudiar y preparar bien la asignatura. Efectivamente aprobaron todos y todos se lo merecían; menos uno, al que también aprobé. Algunos de aquellos alumnos, en privado, me dijeron que aquel muchacho no debía haber superado la asignatura. Al pensar en aquella lamentable carrera me di cuenta de que un profesor tiene que estar siempre dispuesto a aprender; en primer lugar de sus alumnos.

         Con alguna clase lo pasé francamente mal. No conseguía hacerme con el control de los muchachos. Un día me concentré, almacené toda la rabia que pude, y entré en clase mirándoles con ira contenida. La fórmula resultó y, sin necesidad de decir nada, se serenaron y comenzaron a atender. Posteriormente abandoné aquel método mágico con los cursos difíciles porque al mirarlos así realmente les estaba despreciando, aunque por pura supervivencia. Los que he aludido eran chicos de segundo de BUP; lo que ahora sería cuarto de la ESO. En primero de BUP las cosas eran más divertidas. Con el paso del tiempo algunos de aquellos alumnos serían buenos amigos míos. César, un tipo vivaracho, era un chaval que tenía una excelente memoria y su historia dejaría en mí una huella inolvidable.

         Acabó el curso...¡Gracias a Dios! Aquello me superaba. Terminamos con una comida de profesores en un restaurante chino, propiedad de los padres de un alumno. Aquel chico oriental conseguía el sobresaliente de los profesores por K.O técnico. Se esforzaba de un modo tremendo y, aunque era un alumno de “notable”, presentaba cualquier trabajo o sufría un examen adicional para subir nota; y lo conseguía. En la comida sirvieron un licor con un lagarto dentro. Me asombraban la guasa y las risas de los comensales ante algo que me parecía repugnante.

         Terminaron mis peripecias en aquel colegio de Vallecas, un barrio obrero madrileño. Dije adiós y conseguí otro trabajo. El siguiente curso daría clase en una academia del centro de Madrid. Allí se matriculaban  los alumnos en lo que antes se llamaba COU; el curso anterior a la universidad. Pasé tres años dando clase de Historia de la Filosofía. Tenía pocas horas, bien pagadas, y esto me permitía avanzar en la tesis doctoral. Del primer año tengo un buen balance; incluso me salió una discípula que luego hizo la carrera de Filosofía.

El segundo año fue dificil. Yo, profesor joven, rodeado de tanta niña mona, me sentí en la obligación de poner distancias. Sin darme mucha cuenta me comporté como un borde y un chulo. En cierta ocasión suspendí a una chica que había sacado un ocho porque estaba convencido de que había copiado. ¿Qué me llevó a sospechar? Sus exámenes anteriores habían tenido notas bastante inferiores y el asunto no me cuadraba. Me equivoqué rotundamente. La pobre hija se había matado a estudiar y yo la humillé en público injustamente. Fue un error fatal. Aunque aquella chiquilla solo tuviera dieciocho años me di cuenta de lo que es una mujer profundamente enojada, con toda la razón. Me granjeé merecidamente su antipatía, así como la de sus compañeros. Nunca se puede pensar mal de un alumno sin pruebas; más vale pecar de ingenuo que pasarse de listo.

         Durante el tercer año cambié radicalmente: guante de seda. Esto supuso  un acierto. Hice buenos amigos entre los alumnos y ellos acabaron contentos y con una buena nota merecida. En este año me presenté a oposiciones de Instituto y tuve la fortuna de sacarlas. Me despedí con pena de la Academia, donde tanto me habían aguantado, para iniciar un nuevo periodo en la enseñanza estatal.

II. La llegada al Instituto



Me tocó un instituto situado en el madrileño barrio de Manoteras. Mi primera visión fue dura: había un grupo de chicas con mala pinta entre las que destacaba una tipa fea y gorda. El impacto ambiental me causó un auténtico rechazo. Lo primero que recuerdo fue una clase en la que, nada más entrar, se escuchó un estruendo aerofágico. Siempre he andado fino de oído, así que localicé la zona y eché a cuatro tipos a la calle sin preguntar quién había sido el grandísimo campeón. Esto fue un acierto pues nunca hubiera sabido la identidad del rudo trovador. Prestigiado por tal expulsión me noté con más ánimo. En aquella clase vimos la película “Los gritos del silencio”, una narración del tremendo genocidio de Camboya en tiempos de Pol Pot. Después tuvimos un coloquio. Un chaval hizo una comentario interesante. En aquél momento tuve la intuición de que ese chico llegaría a ser un buen amigo mío. Así fue. Después de veintidós años seguimos charlando una o dos veces al año. A lo largo de todo este tiempo le he dado muchos consejos; en los fundamentales no me ha hecho ni caso.

         En otro curso del entonces tercero de BUP hablé sobre el sentido del dolor y su importancia para saber vivir. Recuerdo que alguien me llamó masoquista. Relaté entonces lo que podía sufrir un enfermo de cáncer, para hacer ver lo injusto que supondría afirmar que aquello no tiene ningún sentido. En aquel momento una alumna, Sonia, se echó a llorar. Me quedé paralizado, plegué la carpeta y me marché por respeto al llanto de aquella chiquilla. Después hablé con ella; un familiar suyo había muerto de esa enfermedad. Le aseguré que ese dolor tenía algún sentido. Sonia era una chica temperamental, con un pelo negro precioso y un ansia de creer en la vida, pese a las decepciones que ya había sufrido a sus dieciséis años.

         En aquella misma clase, otro día, ocurrió algo significativo. Al entrar observé como una chica me miraba con un tedio y un desdén tan espeso que deshumanizaba su rostro. La miré con un cierto cariño y vi que su cara cambiaba y se volvía simpática. Recuerdo que les hice unas preguntas sobre un libro que tenían que haber leído: Momo, de Michael Ende. Una obra de fantasía sobre una niña que tiene la difícil virtud de saber escuchar. Resultaba impresionante verlos trabajar intensa y silenciosamente sobre cuestiones muy humanas entre los caminos de la fantasía.

         Lo más llamativo de los dos años que estuve trabajando en aquel lugar fue la proyección de un vídeo sobre el aborto. Se trataba de un vídeo duro que mostraba la cruda realidad de esta práctica. Se lo puse a los alumnos de COU y les dije explícitamente que se marcharan de clase si no querían verlo. Nadie se fue. A los pocos días el director del Instituto me comunicó que había sido denunciado por el padre de una alumna a una alta instancia educativa oficial. La noticia me resultó estimulante. Pocos días después vino una inspectora de educación para ver el contenido de mis apuntes de clase. Esto ocurría en la democrática España de 1989. Le comenté a aquella buena señora –realmente lo era- que lo mejor sería que hablara directamente con mis alumnos, sin que yo estuviera presente. Así lo hizo. Los chavales me defendieron. En el extinto periódico “Ya” me publicaron una carta que se titulaba “Agradecimiento a los chicos de Manoteras”. Recuerdo que un alumno me dijo que había leído mi carta; le gustó porque a él –decía- nunca nadie le había agradecido nada.

         En el curso 89/90 se produjo el fallecimiento de mi genial, santa  y simpatiquísima madre. A lo largo de sus últimos días yo hacía lo posible por compaginar su atención y las clases, pese a que Blas –el Jefe de Estudios- me insistía en que no fuera idiota y no viniera al Instituto. Tras unas semanas, un nutrido grupo de profesores asistió al funeral de mi madre, sin que yo les avisara. Fue un detalle que me conmovió.
        
En aquel Instituto había dos profesoras entrañables. La que daba Física, Teresa, era correcta, sensata, buena profesora y mejor persona. De la catedrática de griego solo recuerdo su sonrisa y sus entrañables clases con los pocos alumnos que optaban por aprender esta lengua clásica. Unos años después de dejar aquel lugar me encontré en el metro con el director del instituto y me dijo que ambas profesoras habían fallecido. Consideré la trascendencia de la vida de estas dos magníficas mujeres.

         En Manoteras estuve trabajando dos cursos. David, un muchacho al que ayudé a prepararse para hacer la Confirmación, me invitó mucho tiempo después a tomar algo y a presentarme a su novia Belén, con quien iba a casarse. Respecto a los regalos de boda los novios insistieron en que se diera el dinero correspondiente a una cuenta corriente de una ONG que trabajaba en un país subdesarrollado.

         A los alumnos de COU les tomé mucho afecto. Durante el examen final me permití la liberalidad de salir unos pocos minutos del aula por si querían compartir algunos puntos de vista. No desaprovecharon la oportunidad.



        
El curso 90/91 fui destinado al Ramiro de Maeztu, un instituto  del que todavía quedaban veteranos profesores de sus mejores épocas. Recuerdo la primera vez que acudí a una reunión del  claustro. Había muchas personas y el espectáculo era intensamente tedioso. Con una profesora tuve una conversación antropológica demencial: yo le hacía ver que el ser humano es el único animal capaz de suicidarse, mientras que ella sostenía que también hacen lo mismo los alacranes. Se estaban dando lectura a unas aburridísimas actas de cierta reunión anterior sobre cuestiones burocráticas que a mí, y sospecho que a muchos más, nos importaban un comino. Tras un buen rato mi única esperanza era salir de allí cuanto antes. La lectora continuaba hablando con su monocorde tono gris. En un momento determinado citó a una tal señorita Paloma. En ese preciso instante un profesor, con mucho caché, se levantó de la silla y exclamó en voz alta: ”¡Quiero que conste en acta que yo amo a la señorita Paloma; la amo!” La carcajada general inundó la sala como un río de humanidad. La estancia se transformó mágicamente y nuestros rostros se iluminaron. Aquel viejo profesor, padre de familia ejemplar y tremendamente guasón, nos había puesto en disposición de compartir fraternalmente unas multitudinarias cervezas; lástima que no llegaran.

         Algo destacable de aquel curso fue una excursión a esquiar que hice con varios chicos de COU. Uno era algo mayor y puso el coche. De vuelta, la carretera estaba intensamente nevada y se bajaba el puerto de Navacerrada muy lentamente. Nuestro joven e intrépido conductor decidió animar la tarde haciendo algún que otro “trompito” con el coche, con el simpático sistema de frenado y giro. En una de esas nos salimos de la carretera y vinieron a auxiliarnos en medio del temporal y de las carcajadas de los chavales, que yo no sabía como contener. Unos sufridos camaradas de carretera nos ayudaron con cuerdas para sacar el coche de la nieve y nos preguntaron el motivo del pequeño siniestro. Intentando no partirme de risa, al ver las caras de mis amigos gamberros, solo se me ocurrió decir que el coche nos había hecho un extraño; cuando lo que ocurrió fue justamente lo contrario. Regresando a Madrid la canción que se oía en el coche era una que repetía insistentemente “Ayatola no me toques la pirola”. La tonadilla martilleaba mi cerebro.

         Tuve un alumno difícil en un curso, Sito; no había modo de hacerle callar. Incluso probé técnicas extrañas como darle la vuelta a su silla y a su mesa para que se sosegara mirando a la pared. Después de dieciséis años quedamos a tomar unas cervezas y me impresionó verle vestido de servicio como jefe de un furgón de policía. Nos reímos un buen rato; me habló de su mujer y de sus hijos y no me metió en el furgón.

         Casi acabando el temario de COU me preparé muy bien una clase sobre el filósofo Wittgenstein. La había pensado mucho, me la sabía de memoria y la expuse disfrutando. Lo más importante de todo fue como ellas y ellos lo entendieron perfectamente. Al final un chaval se me acercó y me dijo: “¡Vaya explicación que te has marcado!”. El elogio me animó. Nunca me han vuelto a decir lo mismo.

         El mismo profesor que en el citado Claustro se había declarado a la señorita Paloma me invitó un día a una clase que daba a sus alumnos de latín. Aquello hubiera merecido la pena grabarse. Ante la falta de borrador exclamó algo así como “¡cognius!”; que debe ser un taco latino. Se sentó, y a sus casi sesenta y cinco años se desabrochó un zapato y empezó a borrar la pizarra con su propio calcetín, que luego sacudió en la papelera. El personal se desternillaba. Les habló y les cantó en latín. Les afirmó que era insuficiente la frase “quien bien conjuga y declina, sabe la lengua latina”. El conocimiento de abundante vocabulario era fundamental. Si se había equivocado en algo, decía a sus alumnos: “castigadme”. En ese momento todos los chavales le señalaban subiendo y bajando un dedo. Les hizo consideraciones espirituales y les soltó cada burrada que ardía Troya. Es la pieza pedagógica más magistral que he visto para alumnos de diecisiete-dieciocho años. Aquél año este maestro se jubilaba y le hicieron un homenaje. Uno de sus antiguos alumnos comenzó diciendo que “no sabía como agradecer”... Momento que el homenajeado aprovechó para cortar la coba con un “¡pues entonces cállate, hombre!”. Aquel profesor  se podía permitir ese lujo y muchos más. Por ejemplo, recuerdo que perseguía a las alumnas más guapas por el instituto, aunque ellas corrían más rápido. También organizaba una especie de rastrillo para niños pobres, en los días previos a Navidad, y repartía piruletas a sus alumnos. Fue cuando claramente me di cuenta que, si se ha sintonizado bien con una clase, las piruletas y los chuches  son importantes para poner la guinda docente.

         En aquel ambiente tan plural se me grabó en la memoria un comentario excepcional en una junta de evaluación. Una profesora comentaba de un alumno de COU que el padre del chico había comentado a su retoño: “¡Eh, que me he enterado de cuál es tu camello...Pero tú no sabes cuál es el mío...Ja, ja, ja!” Por si alguien desconoce esta jerga diré que el padre no era ningún tipo de beduino del desierto de El Gobi sino un consumidor de drogas. Lógicamente esto no era normal, pero a lo largo del curso me di cuenta de que había alumnos que padecían por la situación de su familia.

         Un día, mientras daba clase, en el aula contigua había una buena escandalera. Me asomé y observé que estaban celebrando un cumpleaños, con la profesora presente. Bailaban y cantaban, rodeados de coca colas y de patatas fritas. Todo esto ocurría en horario lectivo. Propuse a mis alumnos entrar en aquél lugar de divertimento, tomarnos algo y salir. La iniciativa fue secundada con éxito. Aplaudimos, cantamos, nos toamos unas bebidas y nos fuimos. Cuando los alumnos vecinos fueron conscientes de que habían disminuido sus víveres se cogieron un buen enfado.

Estudiantes es  el equipo de baloncesto que surgió de los alumnos de El Ramiro. Sus hinchas se llaman “la demencia” y, un día al año, la montan. Los chavales salieron por la calle de Serrano y yo fui a ver qué tramaban. En un momento determinado dijeron algo a un camionero que transportaba cervezas. El conductor aludido respondió de malas formas y una avalancha de muchachos corrió hacia el camión. Con cara de pánico el pobre transportista consiguió huir de la marabunta, aunque le sustrajeron más de una cerveza.

Corría el curso 90/91. Se veía, en mi opinión, que el Ramiro había sido un gran instituto. Aunque la situación económica de los profesores no era mala, aquella  enseñanza no tenía, en mi opinión, un alma común. Terminó el curso con un buen balance por mi parte. En septiembre el ministerio me enviaría a Cuenca capital: un buen destino. Sin embargo pedí la excedencia voluntaria y me fui a trabajar al mismo colegio de la periferia de Madrid en el que di clases unos años antes. Es un colegio concertado de enseñanza diferenciada. Se trataba de una apuesta importante y, en ocasiones, hay que apostar.

III. De vuelta a mi antiguo colegio



        Me trasladé a vivir a una residencia colindante con el colegio Tajamar, donde volvía de nuevo a ser profesor. Llegué en agosto y, lógicamente, había muy poca gente. Me llevé una maleta y unos esquís –instrumentos deportivos que hacían francamente chocante mi presencia-. Allí estábamos: dispuestos a dar clase de Filosofía en una barriada obrera; algo así como intentar alimentar a una vaca con un filete.

         A finales de agosto, un tipo me saludó en una sala del colegio. Iba vestido elegante pero de un modo algo extraño. Alguien me dijo después que había sido “Mod”, una especie de tribu urbana.
-¿Te acuerdas de mí? –me preguntó-. Su cara me resultaba familiar.
-Soy César, afirmó. En aquel momento me di cuenta de que le había dado clase cuando tenía catorce años. Ahora le recordaba bien, pese a que de catorce a veinte años un tipo cambia una barbaridad.

Le saludé con alegría. Recordamos que, haría unos tres años, nos habíamos encontrado casualmente en una estación de metro. Tenía entonces, a sus dieciséis-diecisiete años, una pinta de macarra integral con chupa de cuero negro claveteada según mandaban los cánones de entonces. Ahora me decía que estudiaba Derecho y que se estaba dando una vuelta por su antiguo “cole”. César, del que antes hablé, solo cursó primero de BUP en aquél colegio y luego se había cambiado de centro docente. Le dije que le llamaría para unas tertulias que estaba organizando con universitarios. No lo hice por puro olvido; qué negligentes y estúpidos son algunos olvidos.

Unos meses más tarde, César buscó a un sacerdote que trabajaba en el colegio. Le dijo que venía a encargar su funeral. Ante la cara de desconcierto del receptor del mensaje, el interesado le aclaró su situación. Le habían encontrado un tumor en el cerebro y había que intervenir rápidamente. Su vida corría peligro en la operación. El sacerdote trató de darle ánimos. Charló con él un buen rato. 

Pese a que la operación parecía haber salido bien, hubo una complicación posterior y César falleció. Pocos días después se celebró el funeral al que asistieron sus padres –envueltos en lágrimas-, sus compañeros de universidad y los antiguos del colegio. El sacerdote que oficiaba dijo que César había muerto como un valiente. Fue ahí cuando me di cuenta de la importancia que tiene una educación que deja referencias seguras.
Contra lo que esperaba comencé el curso escolar sin ninguna gana. Me dijeron que era el profesor tutor de una clase de letras puras del antiguo tercero de BUP. Aquella panda de chavales iba a resultarme imborrable.

         Dar clase es como salir a navegar. Existen muchos factores. No es lo mismo lanzarse al mar a primera o a última hora; los vientos y el clima varían de un día para otro; así como tampoco es lo mismo ir en la compañía de tales o cuales marineros. De modo análogo es muy distinto dar una clase a las nueve de la mañana o a las dos de la tarde. No es igual que haga frío o que haga calor y, definitivamente, es diferente tener a un buen grupo o tener a otro correoso con el que no se puede bajar la guardia.

         Aquellos muchachos estaban llenos de vida. Gracias a Dios no eran unos muebles; pero aquella vitalidad ponía en juego un despliegue de destrezas y un aprendizaje de supervivencia por parte del profesor. Recuerdo la aguda pregunta de un alumno en clase de filosofía: -¿Por qué la vida no puede ser absurda?... La verdad es que me sentó como un jarro de agua fría. Reflexioné hondo y me vino la luz. La solución está en el principio de no contradicción. Lo completamente absurdo es tan contradictorio e imposible como un círculo cuadrado. César, quien hizo la pregunta, se quedó satisfecho con la respuesta. Unas semanas después, César –tocayo del alumno fallecido- hizo una exposición oral fantástica. Me dije a mí mismo que tenía ante mí un filósofo puro que podría decidirse a estudiar este tipo de estudios universitarios. Así fue.

         Otro tipo que merece mención aparte es...un tercer César. Desconfiado, guasón, profundo, escrutador... Eran algunos de sus aspectos más relevantes. Una tarde se me ocurrió que dedicaran un tiempo a escribir un breve ensayo sobre la belleza. Pasados unos veinte minutos, varios alumnos comenzaros a leer sus creaciones. Pero cuando le llegó el turno a César lo que hizo fue cantar una saeta gitana sobre la belleza. Lógicamente me quedé sorprendido, y admirado. Aquella salida me pareció genial...¡Vaya tío más peligroso!

Llegaron las navidades y las nieves, y los bolazos de nieve. Pero aquello no me parecía –contra lo que había previsto- un cúmulo de felicidad. La enseñanza era más dura de lo que pensaba; sobre todo cuando ves que te metes en una vereda donde no hay ningún tipo de ascenso profesional. Pero los chavales sí que lo pasaban bien; y eso es lo que  más importa. Raúl era el más trasto de la clase. El día anterior a las vacaciones de Navidad hicimos un festejo y el nene empezó a rociar todas las paredes del aula con champán. Este muchacho no hizo carrera universitaria, que yo sepa; pero ahora –pasados veinte años- debe ser el tipo que más dinero gana entre sus compañeros. Consiguió hacerse un líder en el sector de depuradoras de piscinas.

Organizamos una excursión a la nieve. Permanecen muy vivos algunos recuerdos: Destaca el descenso que hicimos en neumático por la nieve tres alumnos y yo. Como si se tratara de una historia de dibujos animados pillamos un bache y volamos por los aires para volver a caer mágicamente sobre el neumático veloz. No sé como se paró aquello pero todos sobrevivimos. Otra modalidad de deslizamiento veloz fue el descenso en plásticos por una cuesta nevada. Uno de los chicos que bajaba comenzó a gritar: -¡Paradme! ¡Paradme! Un segundo Raúl me dijo: - Dejémosle seguir. Yo le hice caso y el pobre muchacho pasó a mi lado como una centella. Giré la cabeza y vi con horror como iba directo a estamparse contra una pared del edificio de alquiler de esquís. Iba con las piernas por delante y con unas buenas botas; así amortiguó el choque doblándose como un acordeón. Se lesionó ligeramente la planta de un pie y me percaté, entre sudores fríos, de lo que podía haber llevado consigo el dármelas de tolerante y divertido con los graciosos. Sobrevivimos todos y me quedó clara la lección de la responsabilidad que debe tener todo profesor en una excursión con sus alumnos menores de edad.

         Otro de los hitos de aquel año fue el comienzo de una revista literaria que se continúa haciendo en la actualidad. Le dimos muchas vueltas al nombre hasta que alguien sugirió el definitivo: Perkeo. Este nombre llevaba consigo una historia: la de un bufón de corte italiano al que sugerían hacer estupideces. Él siempre contestaba: ¿Por qué no (Per-Ke-o)?...Y las hacía.

         En el primer número de la revista publicamos un cuento de César, el filósofo, que luego presentó al concurso literario juvenil “Miguel Hernández”. Lo ganó. Toda la plana de Perkeo, profesores y alumnos, fuimos a acompañar a César y nos hicimos una foto con él. Alguien dijo que esa foto sería valiosa en un futuro. Era verdad: cuando doce años después se casó el tercer César –el cantante de la saeta gitana- me acordé de darle aquella foto y le hizo una gran ilusión.

         Terminó el curso y tuvo lugar la dispersión por la geografía del país. A mí me propusieron ir de encargado a un campamento con chavales pequeños del colegio. Sin ninguna gana acepté y, contra lo que pensaba, me lo pasé francamente bien entre las peripecias aventureras de los chicos, los baños regenerantes en un río conquense y una dieta agreste y campera. Había concluido el curso y me había supuesto mucho esfuerzo y enriquecimiento personal.